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Se solicita Confesor
Por: Hernán Manuel Vladimir Chávez Boubión


  Ya hemos hablado en otras ocasiones de lo complejo que resulta tratar de entender al ser humano en su totalidad; aun aquellos que se han dedicado a estudiarlo han tenido que dividir, en el trascurso del tiempo, cada área humana susceptible de estudio, en una especialidad muy particular, sin que hasta el día de hoy podamos afirmar con toda certeza que hemos llegado a los límites del conocimiento de la persona, sus cualidades y posibilidades, considerando claro está, que somos seres finitos.

  No obstante de dicha complejidad es posible detectar algunas cualidades, facultades o características que parecen estar profundamente inheridas a lo más íntimo de la naturaleza humana a grado tal que pueden llegar a ser tratadas como cuestiones comunes.

Una de estas cualidades o características se hace patente en la terrible necesidad de justificación que padecemos. Aun cuando nuestra vida y decisiones parezcan de lo más correcto posible, la mayoría de las veces, consciente o inconscientemente, esperamos el juicio de un tercero sobre nuestros actos. No hablamos aquí del complejo de culpa ni de la enfermedad conocida como escrúpulo, sino de una necesidad interior, profundísima, la cual emana de la propia trascendencia de la persona, trascendencia que no puede ser entendida sin una causa original que la provoque y que es capaz, al mismo tiempo, de traer el descanso y la paz que cada uno necesitamos al alcanzar la comunión entre el organismo natural y el sobrenatural.

Nos referimos pues, a la justificación objetiva apegada a los principios fundamentales de derecho, que nada tiene que ver con la autojustificación, ni la justificación proveniente de autoridad no competente, puesto que independientemente si la falta es grave o no, aparte del daño se juzga la conducta con la cual se procedió, y es muy fácil intentar engañarnos psicológicamente a nosotros mismos, ya sea mediante el juicio personal o el someternos al juicio de aquellos cercanos a nosotros a sabiendas que dada la cercanía, el resultado de la valoración estará inducido por la subjetividad de la autocompasión y la fraternidad de quienes nos tienen aprecio.

Es necesario e importante, que al someter nuestras acciones y conductas a juicio, partamos de aquel principio fundamental del derecho que señala “Ningún individuo puede ser juez de su propia causa”. He aquí varios autores que señalan este aspecto: Nemo sibi sit iudex (nadie sea juez de sí mismo). Vid. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 67, a. 4 c. Vid. también Decio, regula 243.8:iudex in causa propria quis esse non potest (nadie puede ser juez en causa propia); Brunnemann, consilium 166, núm. 44: iudex in propria causa nequit cognoscere (el juez no puede instruir la causa propia); y Broom (Legal Maxims, pg. 116): nemo debet esse iudex in propria causa (nadie debe ser juez en causa propia). Así lo exige el principio de configuración contradictoria del proceso sobre el deber de abstenerse el juez de juzgar y el derecho de las partes a recusar cuando concurra causa legal. Partiendo de aquí, resulta pues evidente que, en tratándose de la justificación de la conciencia, no cabe de modo alguno la autojustificación, toda vez que en ella el acusado se erige en juez de sí mismo.

Retomando pues el punto de la necesaria justificación, patente en el hombre de todas las eras, procederemos a intentar aclarar un poco lo anteriormente dicho respecto de las implicaciones que conllevan el complejo de culpa y el escrúpulo para estar en posibilidades de expresar el por qué y la razón de nuestra disertación.

Comenzaremos por delinear brevemente que implicaciones tiene el complejo de culpa y a qué se le conoce como escrúpulo.

El complejo de culpa resulta de una desestimación subjetiva de la propia persona, provocada por una sobrevaloración de los actos cometidos en confronta con la verdadera dimensión que esta tiene ontológicamente hablando. El complejo de culpa normalmente no afecta toda la vida moral en su conjunto, sino solamente ciertos aspectos, afecta generalmente a personas de las que se dice “poseen conciencia débil”, es decir, personas que no se saben perdonar así mismas y con tal de ganarse el desprecio de los demás, por el gran castigo que según su percepción merecen, incurren en acciones peores que aquella que desencadenó el complejo que padecen. Por tanto es conveniente proceder a precisar que la conciencia débil no significa lo mismo que conciencia delicada, esta última tiene una significación distinta de la primera. El complejo de culpa no es igual al sentimiento de culpa, son cosas muy distintas.

El origen de la conciencia delicada proviene de un profundo y fervoroso amor a Dios, que busca la forma de agradarle más proponiéndose evitar las faltas más pequeñas y aquellas menudas imperfecciones voluntarias. Por su parte el escrupuloso es guiado por un cierto egoísmo que le empuja a desear con demasía la certeza de encontrarse en estado de gracia. (Compendio de Teología Ascética y Mística N° 939, Escrito por Adolphe Tanquerey).

La conciencia delicada rechaza decididamente el ofender a Dios, es decir pecar, conoce su flaqueza y su temor es fundado más no desosegado de ser desagradable para Dios, mientras que el escrupuloso siente temores infundados de pecar en todas las circunstancias, viendo pecado en donde no lo hay.

Por su parte, la conciencia timorata sabe guardar la distinción entre el pecado mortal y el venial y, en caso de duda, se somete de inmediato a la dirección espiritual, mientras que el escrupuloso entra la mayoría de las veces en discusión con el director espiritual y difícilmente se somete a sus mandatos. Si acaso hemos presentado brevemente la materia del escrúpulo, solo a manera de ilustración, puesto que lo que buscamos por ahora es llevar nuestra atención hacia lo delicado que resulta tener una conciencia debidamente formada.
Así como debemos de huir del escrúpulo, debemos de considerar que no existe algo más preciado y agradable a Dios que una conciencia delicada, atenta al amor hacia Dios y tenaz en el cumplimiento de sus mandatos.

Ahora bien, ¿cómo haremos para formar una conciencia delicada?, es decir, ¿cómo lograremos alcanzar el sensus fidei si no tenemos entre nosotros buenos confesores?. No es suficiente conformarnos con rogar a Dios que nuestros seminarios y comunidades religiosas se llenen de jóvenes, hombres o mujeres, que deseen dedicar su vida a Dios, debemos procurar también que en éstas se den las condiciones para que Dios suscite verdaderos pastores y Directores Espirituales. Entendiendo que el sacramento de la reconciliación, que es el punto central de esta reflexión, solo puede ser administrado por un sacerdote.

Quienes no profesan la fe católica, inclusive aquellos denominados católicos en cuya conciencia anida la autosuficiencia, siempre han cuestionado el acto de confesar los pecados ante otro hombre, que según ellos es igual o más pecador que aquel que acude a confesarse. Sin embargo unos simples ejemplos nos darán la pauta para comprender que si bien es cierto se trata de hombres naturalmente iguales a nosotros, sobrenaturalmente poseen un ministerio y vocación distinta de la nuestra. En el ámbito natural, cuando nos enfermamos acudimos al médico, a un especialista en la materia, que aun cuando es proclive a enfermar como nosotros, tiene los conocimientos suficientes para poner remedio a nuestra enfermedad; igual acontece con el mecánico, el licenciado o el maestro ¿por qué acudimos a ellos? Porque poseen el conocimiento requerido para nuestra necesidad. No obstante para todos aquellos que somos carcomidos por el gusano de la duda en cuanto a la autoridad del orden Sacerdotal, hemos de señalar, sin pretender entrar en absurdas confrontaciones, que en las diversas adscripciones o denominaciones religiosas existentes, aparte de la Católica, los miembros de todas ellas se someten al juicio y criterios sea del pastor, reverendo, ministro, maestro, mentor, obispo o figura de autoridad existente, siendo que se trata de seres humanos, hombres o mujeres sobre los cuales el grupo ha delegado tales funciones, aun cuando dicha autoridad no se encuentre plenamente legitimada por la Sagrada Escritura.

En el caso del Sacerdote se trata no solo de conocimientos sino de una gracia sobrenatural que le hace esencialmente distinto del resto de nosotros, aun cuando no sea plenamente consciente de ello. El sacerdote se consagra para servir a su Señor y guiar a su iglesia hacia la vida eterna Los llama para encargarles la misma misión que Él había recibido del Padre, y así continuar en el tiempo su obra (Jn 20,21). Al recibir el Sacramento del Orden, Dios le hace totalmente distinto de los demás, no olvidemos que el sacramento es una acción creadora de Dios, que da vida donde antes no había nada. Por tanto resulta por demás absurdo, intentar revelarse contra Dios porque ha determinado que sean los mismos hombres los que lleven a cabo la predicación, la enseñanza y la conformación del cuerpo místico de Cristo, puesto que ha sido voluntad suya que sea así y esto lo encontramos claramente expresado en la Sagrada Escritura. (Capítulo II del Decreto Presbyterorum Ordinis sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros).

Con base en la experiencia personal, podemos afirmar, sin temor de faltar a la verdad, que existen ministros de la Iglesia que no llevan una buena praxis del Sacramento de la Confesión, puesto que al confrontarla con lo establecido en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), percibimos la ausencia de ciertos elementos fundamentales para considerar que se ha sido debidamente absuelto de la culpa. Por otra parte resulta por demás insultante como es que en algunos programas televisivos se hace escarnio de este valiosísimo sacramento, y ver que por desgracia no son pocos los casos que pueden aplicarse a la vida cotidiana; más aun, hay presbíteros que se prestan a salir en telenovelas haciendo a un lado la reverencia y respeto que le deben a su ministerio y por consiguiente desatendiendo al pueblo que deben conducir a la vida eterna; desearíamos fervientemente se tratara de una participación orientada a la evangelización pero, para infortunio nuestro, se trata de todo menos de eso.

Tomando como base al Magisterio de la Iglesia y no la opinión personal, el número 1449 del Catecismo, establece la fórmula que debe recitar el sacerdote al momento de otorgar la absolución al penitente, dada su profundidad y belleza la reproducimos textualmente: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Reflexionando sobre este punto de la absolución, podemos ver con claridad que lo que Dios nos otorga en el Sacramento de la Reconciliación no es un simple ¡Dios te bendiga! o ¡Que te vaya bien! como la expresión de un buen deseo, no es así de simple, lo que recibimos es una nueva filiación mediante una acción creadora de Dios, que no nos adhiere algo en yuxtaposición, sino que crea algo que anteriormente aparecía mutilado en nosotros por causa del pecado. Por tal razón al prescindir de la parte fundamental de la fórmula establecida “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, el confesor incumple con aquello que está obligado a hacer y la absolución no se da, ni siquiera podemos discutir si es válida o no, simplemente no existe. Por tanto el penitente está responsablemente obligado a exigir al sacerdote que otorgue la absolución de acuerdo con los cánones establecidos, una vez que éste ha escuchado su confesión y ha juzgado que efectivamente es sujeto de ser absuelto, es decir, no existe impedimento alguno para ello como sería que viva en adulterio o en amasiato, porque en estas situaciones el objeto de pecado sigue presente y no se cumple con el propósito de enmienda.

¿Qué se pide del penitente para una buena confesión?

Mas que una petición, es una exigencia consciente, que debe ser valorada y juzgada por el sacerdote antes de dar la absolución, pues realmente está en juego la vida sobrenatural en este acto aparentemente tan simple como ir al confesionario y prácticamente derramar toda una bitácora de actos y circunstancias incriminatorias frente al ministro de Dios. Una buena confesión es muchísimo más que esto último.

Tomando como base lo que el Catecismo veremos como en los numerales 1450 al 1460 nos enseña cuales son los actos que le corresponden al penitente: La Contrición, la Confesión de los Pecados y la Satisfacción, cada uno de ellos explicado con amplitud por el Magisterio. Solo detallaremos de manera general cada uno, a la espera de que el amable lector consulte con posterioridad.

La Contrición, este acto aparece en primer lugar, es un dolor del alma que detesta el pecado cometido y se resuelve a no volverlo a cometer; Existe la contrición perfecta también llamada “de caridad” y la contrición imperfecta llamada “de atrición”, surge de la consideración de la fealdad del pecado o del temor a la condenación eterna. Este puede ser el comienzo de una evolución interior que bajo la acción de la gracia culmina en la absolución sacramental. Por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia. Por ello es conveniente realizar previamente el examen de conciencia.

La confesión de los pecados vista desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia. La confesión de los pecado hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: "En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos". Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote.

Según el mandamiento de la Iglesia "todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia" (CIC can. 989; cf. DS 1683; 1708). "Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión (CIC can.914).

Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, se recomienda vivamente por la Iglesia (CIC 988,2). En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados, si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que él ha hecho. Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas.

En tercer lugar tenemos la Satisfacción, que no se refiere a sentirnos confortados por el hecho de habernos confesado, sino al daño que en ocasiones o la mayoría de las mismas se causa al prójimo, con nuestro proceder. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Además de que el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también "penitencia".

La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo que, el Único que expió nuestros pecados (Rm. 3,25; 1 Jn. 2,1-2) una vez por todas. Nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado, "ya que sufrimos con él" (Rm. 8,17):

Pero nuestra satisfacción, la que realizamos por nuestros pecados, sólo es posible por medio de Jesucristo: nosotros que, por nosotros mismos, no podemos nada, con la ayuda "del que nos fortalece, lo podemos todo" (Flp 4,13). Así el hombre no tiene nada de que pueda gloriarse sino que toda "nuestra gloria" está en Cristo...en quien satisfacemos "dando frutos dignos de penitencia" (Lc. 3,8) que reciben su fuerza de él, por él son ofrecidos al Padre y gracias a él son aceptados por el Padre.

Como podemos ver, es muy importante hacer una buena confesión, porque el estado de gracia es condición “sine qua non” para poder recibir la Sagrada Comunión, recordemos lo que San Pablo nos dice en la Carta a los Corintios:”Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó el pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el Nuevo testamento en mi sangre; haced esto todas las veces que bebiereis, en memoria de mí. Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que, cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada hombre a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor” (1Cor. 11, 23-29). Aunado a esto tenemos que es el mismo Jesús quien declara: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. (Jn. 6,53-56).

En el ámbito sobrenatural la absolución es un acto divino y en el ámbito moral es un acto de autoridad, hablando de cuando ésta se realiza con toda propiedad, es decir, la autoridad está legítimamente establecida.

Ahora bien, si por alguna razón el sacerdote no realiza apropiadamente el sacramento de la Reconciliación, es una responsabilidad grave de éste, pero al mismo tiempo lo es del penitente, por no procurar instruirse en la fe y aceptar cualquier cosa como buena por vivir en la comodidad de su ignorancia y en la poca exigencia de su laxa vida espiritual. Si por un lado hay obligación suprema del sacerdote por enseñar y predicar, también la hay para el laico de acudir a recibir ambas cosas.

Volvemos a entrar en esta dinámica del círculo vicioso que se ha constituido alrededor de la práctica adecuada de la religión y una especie de pseudoreligión que cada vez gana más adeptos. Ya San Pablo daba cuenta de ello: “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Rom. 10, 12-15). Es decir, ¿Cómo es que pretendemos dar gloria a Dios mediante la praxis en la vida cotidiana si no contamos con quien nos enseñe tales cosas? Antes de nada, el instrumento de enseñanza, en este caso el sacerdote, debe ser firme y digno para tales menesteres.

Al hablar de la Santidad del Pueblo de Dios no debemos referirnos solo a la jerarquía eclesiástica o a los clérigos, sino a todo el pueblo redimido por Dios. Si la asistencia a la Iglesia y la búsqueda y recepción de los Sacramentos no se orienta a una vida de santidad, es decir, no tiene como punto esencial dar gloria a Dios mediante el cumplimiento de sus mandatos, no tiene sentido alguno que asistamos y llenemos los templos. Jesús lo pide imperativamente, lo ordena, pues sabe que con ello rendimos gloria al Padre y al mismo tiempo nos realizamos como personas, dejamos la mediocridad: “Sed santos como yo soy Santo” (Mt 5,48).

Es pues necesario que el pueblo de Dios cuente con verdaderos formadores de conciencia, no consejeros de la piedad y de las buenas costumbres, sino confesores capaces de analizar, juzgar y determinar qué es lo que resulta mejor para la persona en relación con el objetivo principal de su estadía en este mundo, que de acuerdo a lo que aprendimos del catecismo del Padre Ripalda, venimos aquí “para amar y servir a Dios en esta vida y después verle y gozarle en la otra” y este Dios al cual decimos servir, cuya esencia es única, Tripersonal, que se nos presenta como “Un Señor infinitamente bueno, Sabio y Poderoso, Principio y Fin de todas las cosas” es aquel a quien debemos alcanzar en razón de lo que el salmista expresa: “Pero yo, en verdad, quedaré satisfecho con mirarte cara a cara ¡con verme ante ti cuando despierte!” (Sal. 17,15). Esto es grosso modo lo que un buen confesor debe perseguir ante todo, ésta debe ser la exigencia objetiva del pueblo de Dios, debe ser el principio fundamental de nuestra asistencia al Sacramento de la Confesión y de la Santa Comunión, si no es así, podríamos afirmar como San Pablo: Vana es nuestra Fe.

“Por más confesionarios abiertos que encontremos, nunca estará demás seguir rogando al Señor que nos bendiga dándonos buenos y santos confesores”.

Recomendable Leer:
Capítulos 7, 10 numeral 4 y capítulo 20 de la Imitación de Cristo de Santo Tomás de Kempis.
Pensamientos de la Madre Teresa de Calcuta respecto de la Confesión (http://www.aciprensa.com/teresadecalcuta/teresa8.htm#6)
:La confesión fortalece el alma, pues una confesión realmente bien hecha -la confesión de un hijo que reconoce su pecado y retorna al Padre- produce siempre humildad y la humildad es fuerza.
Ustedes pongan en primer lugar la confesión y sólo después pidan una dirección espiritual, cuando lo crean necesario.
Para muchos de nosotros existe el peligro cierto de olvidar que somos pecadores y que como tales hemos de recurrir al confesionario. Hemos de sentir necesidad de hacer que la sangre de Cristo lave nuestros pecados.
Cuando, entre Cristo y yo, se produce un vacío, cuando mi amor está dividido, nada puede llenar tal vacío.
En la noche, al momento de acostarse, pregúntense: "¿Qué he hecho yo hoy a Jesús? ¿Qué he hecho yo hoy a Jesús? ¿Qué he hecho hoy con Jesús?". Les bastará simplemente mirar sus manos. Este es el mejor examen de conciencia.


Biografía del Santo Cura de Ars (http://www.corazones.org/santos/juan_vianney.htm)
Biografía de San Juan Nepomuceno: Mártir de la Confesión (www.ewtn.com).
Biografía de San Pío de Pietrelcina: El Santo de los Estigmas (www.ewtn.com).
Decreto Presbyterorum Ordinis sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros.
Compendio de Teología Ascética y Mística N° 939, Escrito por Adolphe Tanquerey.

Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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