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ES DEBIL MI FE
Por: Hernán Manuel Vladimir Chávez Boubión


  En mayo de 1990 El Papa Juan Pablo II visitó una vez más la Ciudad de México, en esa ocasión, y ante la algarabía y regocijo de los ciudadanos congregados en la explanada de la Basílica de Guadalupe pronunció aquella famosa frase: ¡México, siempre fiel!.

Las televisoras y la prensa escrita dieron cuenta de ello, el clero mexicano se llenó de regocijo ante tal exclamación del Sumo Pontífice. Prácticamente nos creímos los siempre fieles, los elegidos, los bendecidos de Roma, puesto que el mismo Papa se había percatado de nuestra fervorosa entrega a su persona y a los ritos que con motivo de la visita se estaban llevando a cabo en el transcurso de los días.

  Pero ¿Por qué no hacernos la pregunta a la inversa? ¿Por qué no tomar aquella exclamación como un imperativo para la conciencia? .- ¡México, te quiero siempre fiel!. La fidelidad implica algo más que gritos, porras, amotinamientos y desveladas. La fidelidad implica una entrega total e incondicional para el amado, para el objeto de aquel desbordado y jubiloso amor. No hablamos aquí de la fidelidad a la persona del Sumo Pontífice, sino de la fidelidad a Cristo y su Doctrina que a través de éste llega a nosotros, por lo cual hemos de refrendar profundo respeto al vicario de Cristo, de acuerdo con nuestra convicción de católicos.

¿Qué implica entonces la fidelidad? Según su definición la fidelidad indica lealtad, constancia y exactitud, esto aplicable a las personas, ideas o acciones que se llevan a cabo. ¿Qué tiene que ver entonces la fidelidad con la fe? Prácticamente todo. La fidelidad supone el conocimiento de aquello a lo que se es fiel, a su vez el conocimiento implica el amor y el amor, en su máxima expresión la fe, la cual conlleva la confiada entrega al objeto del amor; decimos en su máxima expresión puesto que es un don sobrenatural que requiere la inmediata respuesta del profesante.

Al referirnos a don Sobrenatural, lo hacemos considerando que es un Don de Dios, de Dios que se revela a sí mismo, participándole a la creatura el conocimiento de su persona a través de la gracia y en la justa medida de lo que la creatura es capaz de asimilar y responder. Es decir, no es un don desbordado y desequilibrado, sino un don ordenado y ordenante, dirigido directa y activamente a la razón. Ordenado porque su objeto principal es conocer y amar a Dios como bien sumo y perfectísimo y, ordenante porque exige la fidelidad de aquel que lo recibe.

No somos pocos los católicos que pensamos que tener fe significa creer que Dios puede hacer todas aquellas cosas que para nosotros resultan imposibles, y estas se sucederán si rezamos con mucha fuerza y concentración sin importar que nuestra vida sea un conjunto de acciones y situaciones que demuestren todo menos un amor claro y consciente hacia Dios. La fe madura o adulta, no es aquella que busca librarse de los problemas de la vida cotidiana invocando el nombre del Señor, sino la que es capaz de aceptar la voluntad de Dios a pesar de los costos y presupuestos que ello implique. Es curioso ver como hoy en día en internet circulan miles de mensajes en forma de cadenas en los cuales se invita a rezar tales o cuales oraciones y al instante desaparecerán los problemas o recibiremos una agradable sorpresa, eso no es la fe. Tampoco lo es aquello que por televisión se nos quiere vender como tal mediante programas de naturaleza similar a los de la Rosa de Guadalupe.
Eso es simple y concretamente ignorancia.

Todos podemos soñar y eso es algo que está en nuestra naturaleza; soñamos que nos sacamos la lotería, que conseguimos un gran empleo, que desaparecen todas las enfermedades, que viviremos en un mundo de paz; pero debemos entender que esos son simplemente sueños. Es verdad que en algún momento de la historia Dios se ha llegado a manifestar a través de sueños, pero han sido casos y situaciones muy especiales, por tanto no podemos afirmar que en ello radique la fe; se trata más bien de una manifestación particular de Dios que goza de plena libertad puesto que es libérrimo.
Reflexionando sobre estos aspectos llegamos al punto donde nos cuestionamos si en realidad existe la fe débil y la fe fuerte o simplemente podemos establecer que se tiene o no se tiene fe. Intentar por ahora una demostración de cualquiera de estas premisas resultaría complicado, además que la intención en esta ocasión, es solo llamar la atención de la conciencia personal, respecto de ciertas actitudes que mostramos en nuestra relación con Dios, cuando intentamos convencernos de que en realidad tenemos fe. Sin embargo, asumiendo con certeza, que la fe es un conocimiento de Dios, que se revela al alma que accede a la gracia, gracia que trae consigo las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad además de los siete dones del Espíritu Santo, podemos intuir que al ir profundizando en el conocimiento de Dios, la fe se va consolidando en la persona, de tal manera que si bien, esto no la hace impecable, si le proporciona los medios suficientes para no buscar las ocasiones que le lleven a perder el lazo vital que le une a Dios.

En el capítulo 2 de la Carta del apóstol Santiago encontramos: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma…Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”. (Sant. 2, 14-17.26)

El apóstol Santiago nos increpa a demostrar la fe que decimos tener con hechos y no solo con palabras, no pocos hemos llegado a pensar que hacer obras extraordinarias como sanar un enfermo, levitar o recibir moniciones interiores es por cuestión de la fe, sin embargo, esta clase especial de carismas no tienen relación directamente dependiente con la fe verdadera, pues en un texto del antiguo testamento podemos encontrar que Dios hizo hablar a una burra, y no fue precisamente porque ésta tuviera la capacidad de creer (Num. 22,7 ss), recordemos que Dios puede hacer todas las cosas independientemente de si creemos en él o no, excepto claro está, hacer que nos convirtamos por la fuerza. Buscar afanosamente la grandiosidad de Dios o aquellos actos fuera de lo normal en los cuales se ve suspendida la naturaleza por causa de él, sin llegar a entablar una relación de intimación con su persona, tampoco entra en el ámbito de la fe, sería más bien un deslumbramiento psicológico eufórico, pero no una fe cimentada en la razón y la verdad.

En el capítulo 9 del evangelio de San Lucas existe un pasaje en el cual Jesús interactúa con tres tipos de personas a las cuales, de una u otra forma, les invita a demostrar su fe en él a través de acciones concretas, en este caso del seguimiento incondicional para con el maestro, veamos: Mientras iban de camino, le dijo uno: <"Te seguiré donde vayas". Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza". A otro le dijo: "Sígueme"". Él respondió: "Déjame primero ir a enterrar a mi padre". Le contestó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". Otro le dijo: "Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios". (Lc. 9, 57-62)

Claramente vemos en el texto anterior que tener fe, no se trata solamente de decirle al Señor que le creemos y confiamos en él, sino demostrarlo cargando la cruz día tras día hasta llegar al Gólgota, en una oblativa negación de sí mismo. Es posible que pensar en ello nos aterre, pues vivimos como si fuésemos a permanecer para siempre en esta vida y la eternidad se nos presenta como algo posible de alcanzar pero no sensible a los sentidos externos, lo cual consideramos incompatible por estar confundidos pensando en que solo lo que se puede sentir es real y fuera de ello todo lo demás es solo una ilusión.

La fe no es un medio para resolver problemas cotidianos o difíciles, la fe es el medio por el cual se llega al conocimiento concreto de Dios, se llega a él mismo, por efecto de la gracia que la verdadera fe atrae sobre nosotros. Qué tan grande deba ser ésta, no lo sabemos en realidad, lo cierto es que Jesús dijo:“Si tuviereis fe, aunque fuera del tamaño de una pequeña semilla de mostaza, le dirías a este monte ¡muévete! Y el monte se movería. Por tanto no es el tamaño de la fe, ni lo portentoso de los actos que por medio de ella se realicen, sino la respuesta que demos al llamado de Dios y la forma de vida que adoptemos en la medida que el conocimiento de él se va encarnando en nosotros.

Una fe que no se cultiva, que no se disciplina, irremediablemente muere, pues si bien es cierto es un don de Dios, su concreción se realiza a medida que el hombre responde a ella, es decir, adapta sus acciones, pensamientos y decisiones a la búsqueda y permanencia en estado de amistad con él.
Algunos enemigos de la fe son la autosuficiencia, la apatía, la indiferencia entre otras, las cuales inducen de forma directa al pecado, el cual rompe toda posibilidad de revelación de Dios en el alma. La falta de oración personal constante, el desorden en cuanto a la asistencia a Misa, la indiferencia o abulia con la que se acude a los sacramentos, el desconocimiento de las verdades fundamentales, la ausencia de verdaderos pastores, la autosuficiencia de los clérigos que no se sujetan a la autoridad del Sumo Pontífice, la falta de supervisión de los Obispos para con sus Presbíteros, son solo algunos factores que contribuyen a creencias acomodaticias que difieren de la fe con la que Dios a revestido a su Iglesia.

Cuando padres y padrinos acuden a la Iglesia para pedir el Bautismo para un pequeño, se obligan ante Dios y la Comunidad Eclesial a cultivar la fe de ese pequeño, para que llegue a amar, conocer y servir a Dios. Esperemos que llegado el momento no seamos candidatos a ser atados a una piedra de molino y arrojados al mar, por haber destruido aquello que el Señor dio con todo su amor y su ser mediante el Sacramento de la Vida.

Verdaderamente, si mi vida de fe gira en torno a los ritos grandiosos en los cuales la quinceañera o los novios contrayentes son el centro de atención, donde es más importante el ropón del bautizado que el bautismo en sí mismo, en donde la predicación es totalmente antropocéntrica y no teocéntrica, donde la permisividad del Presbítero hace perder toda la dimensión de respeto que se debe tener al templo dejando que se use como salón de baile o gimnasio y asumo que es correcto, si me da igual ir a misa a cualquier lugar sin formar comunidad o me es indiferente la hora a la que llegue a la celebración, mi fe, o no existe (que es casi seguro) o está apenas en el umbral de mi casa pero no dentro de mí.

La montaña más difícil de mover no está fuera de nosotros, sino en lo más interno de nuestro ser, como un cúmulo interminable de apegos y deseos que impiden que Dios haga su obra en cada uno. Por ello aquel ejemplo del grano de mostaza.- ¿Qué importa poder mover una montaña si es ínfima la fe que se requiere?.- lo realmente importante es mover esa gigantesca roca que llevamos en el interior y que no nos permite ver que el mejor tesoro que podemos llegar a poseer es Dios mismo y su amistad.

“Con que poco se conforma el hombre que no se conforma solo con Dios”

Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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