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Tolerancia a la Zuckermann
Por: Hernán Manuel Vladimir Chávez Boubión


  Hace unos días, me tocó leer por mero accidente una columna del reconocido comentarista Leo Zuckermann respecto de su postura en relación con el aborto y el derecho a decidir que tienen las mujeres sobre su cuerpo. Me ha pasmado la dualidad y ligereza con la que trata el asunto. Huelga decir que el señor Zuckermann se manifiesta a favor de la legalización e intenta en su columna explicar por qué, sin llegar a explicar absolutamente nada.

  Considero, y hablo en primera persona porque es mi percepción nada más la que deseo expresar aquí, que aun cuando en la nota, este reconocido comentarista se dice respetuoso de los conservadores, el paso de las palabras a los hechos demuestra que no hay ese verdadero respeto que se requiere no solo para el conservador sino para toda persona.

El afán mediático se llama hoy en día “Tolerancia”, elevándose al grado de valor principal, siendo que la tolerancia por sí misma no es valor alguno, pero bien, ya habrá ocasión de manifestarnos al respecto; por lo pronto procederé a centrarme únicamente en el intento mediático de la señalada columna, y una percepción errónea que procede del desconocimiento de lo que es la persona humana, cuya vida se conjuga en el Yo, tú, él o ella, nosotros, ustedes y ellos.

La propia afirmación de que “no existe una verdad absoluta” es en sí misma una “absoluta verdad” por tanto anula la premisa inicial, dando lugar entonces a la real existencia de una verdad absoluta. Luego entonces si en este simple parafraseo existe ya la posibilidad del absoluto, tal absoluto no será tan simple de vivir únicamente en tan rudimentaria razón lógica.

A que vamos con esto, a analizar la parte del texto donde Don Leo dice que ni la ciencia, ni los magistrados, ni siquiera él mismo es capaz de definir cuando inicia la vida del ser humano y, en lugar de intentar encontrar una razón profunda se fundamenta en su incapacidad de conocer el hecho para declararse a favor de otro hecho que coarta con toda alevosía y ventaja el derecho del no nacido.

La primera cualidad que nos otorga derechos es la vida, si no tenemos vida los demás derechos quedan abrogados, por tanto este derecho es fundamental. Por otra parte ponernos a elucubrar cuando inicia o no la vida humana sería un tanto cuanto absurdo, pues la vida se manifiesta aun a pesar de nuestra tara intelectual de no poder descubrir el momento preciso del inicio de la misma; sin embargo para no dejar esta cuestión en el aire, sigamos por el camino de la lógica, la vida no se origina en células muertas sino en células vivas, cada una poseedora de cargas cromosómicas y genéticas definitorias del ser que en forma latente permanece en el útero femenino a la espera de alcanzar las condiciones necesarias para enfrentar el mundo exterior. Esto no es privativo de la especie humana, aplica para todas las especies vivas.

Siendo entonces necesario el concurso de dos células de diversidad genética pero al mismo tiempo complementaria, la fusión de ambas da origen a una nueva célula, un nuevo ente que no existía ni en la una ni en la otra previo a la fusión. Fusión que trae como consecuencia un ser distinto y cuyas operaciones, primero a nivel unicelular y después orgánico, le llevarán a ser lo que hoy somos tanto el Sr. Zuckermann como un servidor: Personas.

Es verdad que la mujer tiene derecho a decidir qué hacer con su vida, pero no le toca a ella decidir su condición de progenitora, es una condición que le viene por natura, puede renunciar voluntariamente a ella, siempre y cuando no transgreda el derecho de otros. ¿Por qué una madre en potencia se decide a deshacerse del hijo que lleva en la entraña? Siempre será una pregunta difícil de responder, pero me niego a pensar que la mujer, dotada de una inteligencia similar y tal vez superior a la de hombre, según algunos estudios científicos, no sepa en el momento que implica el hecho de tener relaciones sexuales so riesgo de quedar embarazada.

Es precisamente por el conocimiento de lo que implica el embarazo que se busca la opción de interrumpirlo en una clara transformación de la razón en vileza. Hasta ahora no me ha tocado saber o conocer que un ser irracional busque provocarse el aborto porque la preservación de la especie le implica responsabilidad de crianza, complicaciones laborales, detrimento del estatus social y económico, además de la ausencia del confort que tendría si no se viere obligada a donar la parte de su ser, necesaria para la generación de la vida, en este caso la vida humana.

La sexualidad humana, antes que al placer se orienta a la vida, puesto que su orientación no es en modo alguno distinta a la de los demás seres vivos. Una sexualidad orientada solo al placer ni siquiera merece el calificativo de animalidad pues los animales no actúan así. Por lo pronto no tengo calificativo para ello.

Es verdad que la carga emocional sensitiva que nos imprime la sexualidad es muy fuerte, pero no es más fuerte que la carga que impone la razón, porque en el ser humano, salvo en ciertos tipos de demencia, todos los actos son regidos por la racionalidad. De aquí que resulte ineludible ejercer la sexualidad con la respectiva responsabilidad que ello implica. Hasta antes del acto sexual el hombre y la mujer pueden decidir qué hacer con su cuerpo, después ya quedan ambos a disposición del fin que tiene la sexualidad: La vida.

Ahora bien, una pregunta que se hace el autor de la columna en comento, gira en torno de a quien le corresponde legislar sobre la vida.- ¿Debe el Estado definir los criterios?.- se pregunta.- la respuesta que emite es si y no, lo que no nos permite establecer un criterio específico, es decir hablo de lo que no sé, pero está en boga y me quedo en una confusa dualidad. El Estado como tal, está para proteger y preservar la vida, no para destruirla; al mismo tiempo debe ejercer su facultad de atacar a aquello o aquellos que atenten contra la vida sea en lo particular o en lo común, ¿Qué vida? La de las personas que lo conforman, con independencia de su estatus, condición social, creencia, cultura, procurando el desarrollo de todos. Luego entonces, ¿están en lo correcto los magistrados al definir las etapas del embarazo y dictaminar sobre cuando es o no apropiado practicar un aborto? Definitivamente no, al legislar sobre ello, están fuera de facultad, de tal suerte que invocando un principio de derecho que señala “Todo acto realizado por autoridad no competente tiene carácter de nulo” podemos declarar nulo lo que en materia del derecho a la vida ha decretado la suprema corte. Pues si fuesen autoridad competente para ello pudieran dar y quitar la vida de acuerdo a como en su momento lo decretaran.

Por otro lado no todo lo legal es correcto y el individuo no está obligado a seguir leyes inicuas que atentan contra lo más fundamental que tiene la persona. Si la sociedad moderna no está dispuesta a ser responsable de sí misma y los criterios que le exige su evidente racionalidad, no debe escandalizarse de que cada vez la vida humana vaya teniendo menos importancia, independientemente del grado de desarrollo que ésta tenga. No nos queda levantar gritos al cielo recriminando la violencia cuando no nos comprometemos a mantener la vida desde sus primeras etapas, suena hasta ridículo hacerlo, y a la mayoría no nos gusta que nos ridiculicen.

Leo Zuckermann afirma en su columna, que si él fuera mujer no optaría por el aborto, pero está a favor de lo que una mujer decida; paradójico asunto que nos sigue dejando esa dualidad no permitida para los que osamos orientar la opinión pública a través de la expresión de nuestras ideas. Si se vas a defender la libertad de decisión, es necesario tomar una postura sea a favor o en contra, porque al querer quedar bien de ambos lados solamente se demuestra lo pusilánime que podemos llegar a ser.

En materia del conservadurismo con el que se etiqueta a los que no están de acuerdo con el aborto, he de decir que, en el fondo y en la praxis todos somos conservadores por más liberales o modernistas que creamos ser, baste simplemente vernos en la interacción con el entorno para darnos cuenta de ello. Luchamos férreamente por conservar la vida propia, el estatus, los bienes ganados con esfuerzo, el empleo, los recuerdos, la “libertad” y la buena fama.

Pensar que la libertad es una facultad que me permite hacer todo lo que yo desee sin que se me pueda endilgar o fincar responsabilidad alguna es un total absurdo puesto que la libertad personal termina donde comienza el derecho del otro, y si no soy capaz de respetar a ese otro que está por venir al mundo, tampoco soy digno de que se me respete a mí, sin embargo, a cualquier lugar a donde voy exijo respeto a ultranza.

Es cierto que cada quien puede pensar, creer y hacer lo que mejor le parezca, si es cierto, siempre y cuando tenga en cuenta que para ello debe primero saber quién se es, quien es el prójimo y que derechos les asisten a ambos, es indispensable tener en cuenta que nadie puede arrogarse las cualidades que le son propias a toda persona humana y que nos guste o no, desde tiempos inmemoriales han quedado registradas en todas las constituciones de las distintas sociedades que nos han antecedido: La vida, la trascendencia, la sexualidad, la familia, la propiedad privada, la honra y la fama.

Cualquiera que pase por encima de una de ellas, comete grave delito y por consiguiente debe recibir del Estado el castigo que se merece.

Ya llegará el momento en el cual se nos juzgue nuestro proceder en este diminuto planeta de parte de la autoridad Divina como dice el Sr Zuckermann, por lo pronto es el Estado el que debe sancionar a aquellos que no permiten a la persona ser persona.

Basado en la columna Juegos de Poder, página 18 sección General, publicada en el Periódico el Imparcial de Hermosillo, Sonora, el día 6 de octubre de 2011

Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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