El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 


La Gracia del Dolor
Por: Hernán Manuel Vladimir Chávez Boubión


  Para el ser humano el dolor sigue siendo un misterio, fisiológicamente puede llegar a conocer, en parte, la causa de cierto tipo de dolor, pero no alcanza a penetrar en lo inexplicable de su presencia a lo largo de su vida. La mayoría de nosotros suponemos que nacimos para ser felices e identificamos la felicidad como la ausencia permanente de todo mal y penuria, razón por la cual rehuimos férreamente a todo aquello que atente contra ese estatus psicológico que nos hemos creado.

  El dolor se presenta cuando algo que percibimos como necesario no está presente, la ausencia de un bien que consideramos imprescindible para nuestra condición y naturaleza nos provoca no solo dolor físico sino moral, sufrimos de una pieza. Decimos que es un misterio el dolor porque cuando este se presenta involucra a toda la persona y no solo a aquella parte que se percibe afectada, sea en lo biológico o en lo emocional.

Es tal el arraigo de la idea de que la felicidad nos pertenece en grado sumo, que no nos importa cuanto tengamos que gastar para “sentirnos bien”, haciendo a un lado la gran oportunidad que se nos brinda en la limitación o carencia de lo que deseamos ansiosamente.

La ciencia médica nos ofrece actualmente una enorme serie de productos cuyo objetivo es aminorar los síntomas de la enfermedad y propician una mejor calidad de vida para los enfermos. Este hecho se torna moralmente bueno cuando la intención se orienta a preservar la dignidad de la persona hasta los últimos momentos de su existencia, es decir, evita su deterioro integral.

Por otra parte los mercadólogos ofrecen otra serie de productos y servicios orientados a garantizar la presencia de la felicidad, prosperidad y fortuna basándola únicamente en la satisfacción de las necesidades fisiológicas y materiales inmediatas, como si estos fueran los únicos fines a los que toda persona esta llamada, intentando borrar de un plumazo y con una sonrisa, el sufrimiento que permanece adherido a nuestra naturaleza caída. Se confunde pobreza con carencia o con humildad, la dificultad es tratada como un ente que debe ser eliminado a toda costa y el sufrimiento es inaceptable en cualquier grado que se presente en la sociedad moderna.

No obstante el dolor como tal, tiene una enorme dosis de gracia actual, que te lleva de manera lenta o en ocasiones abrupta, a confrontar tu verdadera naturaleza y al reconocimiento de la propia vulnerabilidad, fragilidad y finitud. Es en estos momentos en los cuales el hombre se ve obligado a hacer gala de su temple y fortaleza interior, para no sucumbir de desesperación ante la ausencia de aquel bien al que considera como propio y necesario.

De lo dicho en el párrafo anterior aclararemos sucintamente que es la gracia actual. La gracia actual es una intervención de Dios que mueve al alma hacia el bien sobrenatural y se llama actual porque no es una cualidad permanente, sino una ayuda transitoria que se presenta en un momento determinado. Muchas gracias actuales no conformarán nunca la Gracia Santificante ya que en esta se trata de un don permanente y sobrenatural, es decir, superior a las posibilidades de la naturaleza, que eleva y perfecciona nuestra alma haciendo que seamos hijos de Dios y herederos del cielo, siempre y cuando la persona permanezca sin cometer ningún tipo de Pecado Mortal.

Intentar llegar a las profundidades de este misterio llamado dolor es extremadamente complejo, pues no faltará quien nos diga que los animales también sufren al igual que nosotros, más no es igual, es verdad que los animales sufren pero no de manera consiente como lo hacemos nosotros, el animal sufre pero no busca ni la causa ni el propósito, el dolor humano tiene un propósito más elevado que el sufrimiento meramente físico, pues aun cuando fisiológica y biológicamente el hombre se encuentre sano sufre. ¿Cuál es la razón de este sufrimiento? Una mutilación interna que se opone a su génesis y que percibe a través de su incomunicabilidad y necesidad espiritual.

El Positivismo vino a poner al hombre como el centro de la razón y del universo haciéndole creer que él puede hacer su propia religión partiendo únicamente de sus necesidades y facultades, considerando en parte la participación de un ente superior en el cual se fundamenta su existencia. Por su parte el Hedonismo como doctrina, considera el placer como el fin de la vida, por lo que se deduce que los seres humanos deberíamos dedicarnos exclusivamente a vivir en su eterna búsqueda. En la Grecia antigua se formularon las primeras teorías sobre el placer. El mundo moderno ha adoptado irracionalmente esta doctrina como principio y fundamento de la sociedad del futuro.

La indolencia y la indiferencia se han convertido en un signo característico de nuestro tiempo pues conforme vamos acumulando años de vida, la sociedad nos va relegando y limitando las posibilidades de desarrollo al grado tal que se ha generado una nueva ley “Solo los más fuertes, jóvenes y preparados tienen derecho a opinar y permanecer en la sociedad actual” relegando a los más viejos, en una clara vejación de los derechos de la persona. Este es un tipo de dolor que el adulto mayor sufre en silencio.

Es cierto que buscar el dolor por el simple hecho de obtener placer, por la cantidad de adrenalina y endorfinas que el cerebro libera, es un acto intrínsecamente malo, pues aun cuando se trate del propio cuerpo no tenemos derecho de someterlo a sufrimiento innecesariamente. En estos casos el dolor autoprovocado pierde todo sentido de gracia actual, pues no se trata de una llamada sobrenatural sino de una afectación de tipo psicológico que tiende a la autodestrucción.

Cuando el dolor llega a nosotros, sin que lo hayamos buscado deliberadamente y nos disponemos a aceptarlo no con derrotismo sino como una oportunidad de expiar y purificar nuestro interior, es cuando quedamos en posibilidad de acceder a un bien sobrenatural mayor, ya que el dolor es solo la llamada llegada del exterior para iniciar el viaje hacia el interior y encontrarse frente a frente con la Causa de todas las causas.

Hemos encontrado por experiencia personal y a través de las historias y de la propia historia de la humanidad, que el dolor nos hermana en la vulnerabilidad, en la necesidad y las limitaciones relativas a nuestra naturaleza, con independencia de cuál sea la fe que profesamos. Llegado el dolor compartimos todos la pobreza de nuestra limitación y elevamos los ojos al cielo buscando la respuesta a esa situación y encomendando nuestra suerte a ese ser que en conciencia sabemos está presente y tiene el poder de habernos puesto en existencia y de arrebatarnos de ella aun en contra de la propia voluntad.

Bajo este panorama sombrío surge una luz de esperanza al contemplar desde la perspectiva evangélica el verdadero propósito del dolor. El hombre próspero, pleno y sano tiene mayor dificultad para encontrar el camino y propósito de su existencia pues al no carecer de nada es proclive a caer en la autosuficiencia la cual puede desencadenar la soberbia y prescindir aun de aquello que le es en suma necesario para alcanzar la verdadera plenitud.

El dolor es un aliado del alma. Cuando Adán pecó Dios no le aniquiló y podría haberlo hecho. Dios decide dejarlo con vida pero no sin afrontar las consecuencias de sus actos, la dificultad para acceder a los bienes, la desavenencia para cohabitar en sociedad y sobre todo el perder la cualidad de inmortalidad bajo la cual había sido creado, quedaron profundamente arraigadas en su persona produciendo como consecuencia inmediata el más terrible dolor que el alma pueda experimentar que es saberse separada de Dios, pero no obstante el mismo Dios le otorga la medicina para aliviarlo, por tanto el dolor manifiesto en el Génesis se constituye un aliado para el alma que debe regresar a vivir en la plenitud de la amistad con Dios.

Sufrimos porque amamos y amamos sufriendo. En el plan de Dios, ni la muerte ni el dolor estaban originalmente contemplados, ambos entraron en la historia de la salvación a raíz de que el hombre, haciendo inadecuado uso de su libertad quiso ponerse a la par de Dios, si no es que por encima de Él. Las consecuencias de esta acción del hombre no solo le trastocaron externamente, lo afectaron totalmente, y no solo eso, el dolor que el hombre ocasionó cobró dimensiones sobrenaturales pues el sufrimiento alcanzó el seno Trinitario del Dios de la Vida.

Si el plan de Dios hubiere sido una humanidad sufriente, no le habría creado a su imagen y semejanza. Nunca estuvo en el propósito de Dios el dejar que su creación libre y perfecta quedará sometida a la muerte. Algunos pensadores modernos opinan que es una crueldad de Dios haber creado a un hombre débil, proclive al pecado y necesitado de todas las cosas. Pero no fue así, el hombre tenía la Gracia suficiente para superar cualquier cosa que le apartase de su creador y de su fin. Otros tantos afirman que no debía haberlo creado libre, pero entonces ni la razón ni la voluntad tendrían razón de ser, dado que ambas facultades, que nos hacen distintos de los animales, son las que contribuyen a dar plenitud y trascendencia a las decisiones que tomamos, y en ese ejercicio es que devolvemos a Dios el amor que tuvo al darnos la existencia.

Si el amante y el amado sufren cuando se encuentran separados, podemos afirmar que el Dios del Amor (1Jn. 4,8) sufre también al ver a sus creaturas alejadas de Él, extraviadas en su frenética búsqueda de la felicidad fuera del seno de su creador. La única forma de mitigar este sufrimiento y sus consecuencias no encuentra otra salida más que a través de la Redención.(Is 42,1-7)
Ni por asomo alcanzamos a imaginar el dolor que se produce en la Santísima Trinidad al momento de que el Hijo amado del Padre se decide a reparar el daño causado por el hombre. Un Dios que se encarna por amor a su Padre, se humilla y se somete ofreciéndose como victima de expiación, produce un insondable dolor en el cielo, pero al mismo tiempo, por sus propios méritos, le posibilita a la creatura el regreso a la filiación con su Dios.

Luego entonces, creador y creatura sufren, con la grandísima diferencia que el dolor de Dios es infinito. De aquí que Jesús señale la gran alegría que hay en el cielo por el pecador arrepentido (Lc 15,3-7), pues el alma que regresa a Dios contribuye a mitigar la Sed que Él tiene de las Almas, puesto que fuimos creados para amarle y adorarle en esta vida y para toda la eternidad. Madre Teresa penetró en este misterio de la Sed de Dios y a lo largo de su vida trabajó para mitigar este dolor con una gotita de amor. (Recomendamos leer el Libro: Ven se mi Luz de Joshep Langford)
La única razón por la cual tiene sentido soportar y aceptar el dolor y el sufrimiento, cuando se presentan en nuestra vida, radica en Cristo, fuera de Él no tiene sentido alguno, pues en Cristo nuestro dolor se vuelve redentivo, nos acerca y hermana con Él, y penetramos en el misterio del dolor de Dios por la salvación del mundo.

Hemos pues de sentirnos ampliamente bendecidos cuando Dios nos permite participar de estos misterios recordando aquel texto de Mateo 11,25-27: En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo:”Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se lo has revelado a los pequeños. Sí Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y todo aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Al misterio profundo y redentivo del dolor solo podemos penetrar por revelación de Dios, en primera instancia como gracia actual y en segunda como preparación para acceder a la Gracia Santificante permanente y transformadora.

La condición de quien es capaz de amar está íntimamente ligada al dolor y sufrimiento, pero no en un sinsentido e infructuoso concurrir de acontecimientos, pues como señala Romanos 8,28: “Todo concurre para el bien de los que aman a Dios”.


La sombra de la noche cae,
y la ausencia de luz me provoca una sensación de vacío,
¿Qué pasará entre tanta penumbra?
¿Qué suerte tendrá mi vida en esas horas oscuras?
¿Podré ver una vez más la luz del día?
¡Oh alma sufriente no tengas temor!
¡Antes de que el día acabe encomiéndate al Señor!.

Francesco Bojaxhiu

Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

Comunidad Kerygma.
contacto@kerygma.mx
Hermosillo, Sonora, México.
Todos los Derechos Reservados ©.