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Oh Signore, fa di me uno strumento della tua pace
Por: Hernán Manuel Vladimir Chávez Boubión


  Esta hermosa frase forma parte de un muy conocido himno cuyo lenguaje original se atribuye al italiano y su autoría a San Francisco de Asís, aparece en el mundo, según algunos investigadores, a principios del siglo pasado haciendo difícil la identificación certera del autor, sin que por ello el himno completo pierda su belleza y profundidad.

  ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Es una radical petición y al mismo tiempo una seria invitación para que Dios tome posesión del alma fiel y la lleve por los caminos que él desee, pues ser un instrumento supone deponer la propia voluntad dejándola en manos de otro. Es verdad que Dios respeta infinitamente la libertad que nos ha otorgado y no se permite instrumentalizarnos para hacernos que le amemos forzosamente, de aquí que se convierta en un preciado regalo cuando la persona doblega su capacidad de decisión y la deposita confiadamente en las manos de su creador.

Vayamos ahora al punto medular de la petición ¡ser instrumento de tu paz!

¿Cuántas veces hemos dado y recibido la paz dentro de la Santa Misa? Nos deseamos la paz del Señor, pero ¿Sabemos en realidad que es lo que estamos deseando? Nos atrevemos a decir que no, ya que en muchas ocasiones no pasa de ser un frio y despersonalizado apretón de manos. En la forma litúrgica el sacerdote dice: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles, mi paz les dejo mi paz les doy, no tomes en cuenta nuestros pecados y conforme a tu Palabra concédenos la paz y la unidad”. Existe aquí un ofrecimiento directo de parte de Dios de darnos su paz (Lc 24, 35-48). Por tanto aun cuando el signo externo del deseo de paz es el estrechar las manos, el verdadero propósito está muy por encima de ello.

No obstante el ofrecimiento de parte del Señor, no causa ningún efecto si el receptor no se dispone a hacer efectivo ese ofrecimiento. Cuando nosotros deseamos la paz a alguien no pasa de ser un loable deseo, pero cuando Dios dice “La paz sea con ustedes” la eficacia de su palabra se cumple, pues en Él no son deseos, son acciones concretas.

Desde la perspectiva humana, la paz se define y experimenta como cierta tranquilidad interna y externa, libre de violencia, de aquí que en ocasiones se denomine pacifica a una persona que ni opina ni participa para no meterse en problemas, más esto no garantiza que se trate en realidad de un pacífico. Académicamente se dice que el término paz deriva del latín pax siendo generalmente definida, en un sentido positivo, como un estado a nivel colectivo o individual, en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad.

La expresión Shalom en el Antiguo Testamento expresa “paz”, haciendo referencia a un bienestar material y de espíritu: “La paz esté con vosotros”. Para los judíos vivir en paz significaba más que el hecho de no estar en guerra, el tener abundancia de bienes, de hijos y una tierra donde vivir. En la actualidad, y dado que en las sociedades modernas se tiende a desposeer de su real significado las palabras, el uso del término "shalom" equivale a un saludo, similar al "buenos días" que utilizan las culturas occidentales.

En el Nuevo Testamento la expresión de paz mantiene el sentido dado en el Antiguo Testamento, pero aquí ya implica una ausencia de enemigos o contrariedades. San Pablo conmina a los efesios a vivir unidos y en paz: “soportándose unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu por el vínculo de la paz” Ef 4 2-3

Sin embargo, es por la unión con Cristo y la reconciliación que Él ha obtenido que se puede hablar de verdadera paz entre todos sean estos judíos o gentiles (cf. Rm 5, 1-5, Ef 2, 14-22). Es generalmente definida, en sentido positivo, como un estado de tranquilidad o quietud, y en sentido opuesto como ausencia de inquietud, violencia o guerra.

La palabra “paz” en la Biblia tiene muchos significados, algunos son: En el Antiguo Testamento, schalóhm (paz) abarca bienestar en el sentido más amplio de la palabra (Jue. 19:20); prosperidad (Sal. 73:3), hasta con relación a los impíos; salud corporal (Isa. 57:18[, 19]; Sal. 38:3); gozo (Gén. 15:15, etc.); buenas relaciones entre las naciones y entre los hombres (Jue. 4:17; 1 Cró. 12:17, 18); salvación (Jer. 29:11; 14:13).

Intentemos bajar un poco más, buscando la profundidad de esta bella petición:¡Hazme un instrumento de tu paz!, que independientemente del autor, nos lleva a vislumbrar una rendición total de la persona recordemos aquel pasaje de Jeremías "Me has seducido, Dios mío, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste" (Jr 20,7). Según algunos analistas Jeremías lucha contra la seducción del Señor, pero al final sucumbe. En el caso de la oración atribuida a Francisco de Asís, se asemeja más a una oblación, a una rendición total, no por ello ausente de una lucha interior inicial que desemboca en el deseo del “Totus tuus”.

Nadie en su sano juicio deja lo que tiene si antes no ha encontrado algo mejor. En su estructura psicológica el ser humano solo se dispone a compartir una vez que ha experimentado la posesión del bien querido, no puede compartir lo que no tiene. A finales de la década de 1960 y principio de los 70s surgió un movimiento en la juventud cuya proclama era “Amor y Paz”, entre sus solicitudes estaba el compartir los bienes, pero de sus padres, ya que dichos jóvenes no estaban dispuestos a dejar lo que consideraban propio. Siempre resulta más fácil repartir lo ajeno, aunque tal repartición carece de verdadero amor, entrega y compromiso, pues nadie ama lo que no conoce. No tratamos aquí de explicar el amor y la paz como un anhelo natural del hombre, sino poder penetrar, con el permiso de la Divina Providencia, en el ámbito sobrenatural de esta necesidad humana que se vuelve al mismo tiempo un Don Divino.

Resulta un tanto difícil poder explicar con auténtica certeza que es lo que Jesús nos ofrece al decirnos: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. (San Juan 14:27) Palabras literales del Señor Jesús a sus discípulos. Tenemos necesariamente que recurrir a otros textos de la Sagrada Escritura para facilitar la comprensión de este bellísimo ofrecimiento.

En el Libro de Isaías encontramos varios poemas o cánticos del “Siervo paciente de Yahvé” de extraordinaria belleza literaria e inigualable profundidad teológica. En una pobre e inadecuada comparación, al leer más allá del texto, podemos descubrir algo de cierto modo similar a lo que sucede cuando escuchamos una sinfonía clásica, en la cual podemos casi saborear los sentimientos, pasiones e intensidad del autor, aunadas al cúmulo de sensaciones internas que nos produce, así, disponiéndonos con el corazón a saborear este poema de Isaías, es casi palpable a los sentidos la intensidad e intencionalidad con que el autor del mundo presenta a su amado servidor. Pero al mismo tiempo nos acercaremos irremediablemente al modelo o prototipo por antonomasia del que vive en la paz de Dios siendo al mismo tiempo su portador.

Solo como complemento compartiremos breves extractos de estos poemas:

(Is 42, 1-7)
1.He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. 2. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz.3. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; 4. no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas.5. Así dice el Dios Yahveh, el que crea los cielos y los extiende, el que hace firme la tierra y lo que en ella brota, el que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los que por ella andan. 6. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, 7. para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas.

Un extracto del cántico presentado en el capítulo 53 del mismo libro de Isaías dice:

3 Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. 4 ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba...! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. 5 El ha sido herido por nuestras rebeldías.......El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. 7 Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. 8 Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; 9 y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.... 11 Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. 12 Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebledes.

Lo más cercano a la definición del personaje que Isaías presenta aquí lo encontramos en el capítulo 7 de dicho libro, cuando señala: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con Nosotros” (Is 7,14) ya en este momento no solo tenemos unas características del Esperado de las Naciones, ahora tenemos un nombre y una condición de cómo ha de ser su advenimiento.

Todo lo dicho por Isaías respecto del Mesías se cumple cabalmente en Jesús. Continuando con el propósito de entender el ofrecimiento de paz de parte de Dios y la sed del alma de encontrar esa paz, tenemos que analizar cómo es que el Señor nos enseña y nos conduce a ese estado de comunión con Él y con nosotros mismos.

Después de ser aprehendido Jesús, es presentado ante las autoridades judías:
Y le condujeron primero ante Anás pues era suegro de Caifás, Sumo Pontífice aquel año. Caifás fue el que había aconsejado a los judíos: Conviene que un hombre muera por el pueblo. Anás preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Jesús se limitó a contestar:
-Yo siempre he hablado en público. No me preguntes a mí; pregunta, a los que me han oído; ellos saben lo que he dicho.
Anás lo envió atado a Caifás que lo estaba esperando con los miembros del senado. Se puso en pie y con solemne autoridad le preguntó: -Dinos bajo juramento si tú eres el Hijo de Dios.
-Yo soy. Y os digo más: veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios Todopoderoso, y venir en las nubes del cielo.
Caifás se rasgó las vestiduras y dijo: Todos lo habéis oído. ¡Ha blasfemado! ¿Qué decís?
-Reo es de muerte -sentenció la asamblea. (Juan 18, 13-14, 19-24; Mateo 26, 57, 59-68)

Jesús no se inmuta ante los aspavientos de Anás y de Caifás, tiene puesta toda su confianza en el Padre, su sola presencia en el Sanedrín es un fuerte cuestionamiento para sus perseguidores. Contesta y guarda silencio cuando es necesario, no busca el protagonismo sino la Gloria de Dios; al saberse reo de muerte, abandonado por sus seguidores y acusado falsamente, no huye, no grita, no se violenta contra la autoridad, se mantiene sereno, en paz.

Siguiendo el relato encontramos el pasaje donde Jesús es presentado ante Pilato:
Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú?.- Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?.- Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no se te hubiera dado de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado. (Jn 19, 9-10).

Este pasaje nos dice que Pilato vuelve a entrar, porque para entonces Jesús ya había sido vejado y humillado con los azotes, la corona de espinas y la burla de los soldados romanos, el cónsul ya había aplicado un escarmiento al acusado y espera que con ello clame por libertad y piedad, pero no es así, el Siervo Paciente no se inmuta, le deja más que claro por qué está por ahora sometido a él: “Si la autoridad sobre mí no te viniera de Dios nada tendrías que hacer aquí”. Jesús se somete a la autoridad civil en razón de que viene a hacer la voluntad del Padre, sabiendo con absoluta certeza que con ello le da la Gloria que merece.

Pudiéramos hacer una metáfora respecto de la “Caña quebrada que no romperá” haciendo alusión a las endebles leyes de los hombres, son tan insignificantes ante la grandeza y poderío del Señor, que aún cuando aparecen quebradizas Dios no las rompe, porque es tan respetuoso de nuestra libertad que no irrumpe con violencia sino que se vale de nuestras libres torpezas para alcanzarnos la salvación.

Esa paz, serenidad y equilibrio que Jesús muestra ante la amenaza contra su vida, es la paz que Dios nos ofrece, una paz que se fundamenta en la confianza en el Padre del cielo. “Mirad los lirios del campo, ni hilan ni tejen….. y ni Salomón se vistió con tal esplendor” (Mt. 6, 24-34).

¿Cómo es que este Jesús paciente y manso sea el mismo que dice: No he venido a traer la paz a la tierra? No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada’. (Mt. 5, 45). Es porque no se trata de una paz desde nuestra óptica y perspectiva, es una paz que involucra e inquiere tanto a la conciencia personal como colectiva, por eso el mundo rechaza a este tipo de pacíficos, porque su silencio y actitud son sumamente ruidosos para el interior del alma que no quiere nada con Dios. De aquí que sea el propio Jesús quien advierta a sus discípulos sobre la persecución de que serán objeto y antes en el sermón de la montaña, les llame bienaventurados a los perseguidos. “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros”. (Mt 5, 11)

En la historia de Inglaterra existe un episodio por demás injusto y oscuro. Tomás Moro, siendo concejero en la Corte de Enrique VIII, fue condenado a muerte por decapitación por no estar de acuerdo en que el rey desposara a su amante Ana Bolena intentando abolir su matrimonio legítimo con Catalina de Aragón. Lo que exacerbó la ira del rey, no fueron las elocuentes disertaciones ni discursos de Tomás en defensa del matrimonio, lo más denso y atronador fue su silencio. En varias ocasiones el rey intentó saber que era lo que Tomás opinaba al respecto de su actitud y solo recibió por respuesta el silencio. Tomás no alzó la voz, no gritó contra sus acusadores, puso su confianza en el Señor y hoy se encuentra gozando de su presencia.

La paz que Dios ofrece no es indolente e indiferente, tampoco es para los pusilánimes, es la paz que se otorga a quien es verdadero discípulo, del que se sabe hijo y confía plenamente en su Padre. Contrario a lo que opina J.J. Rousseau en su obra el Contrato Social, al hacer referencia a los cristianos como un grupo de indolentes incapaces de hacer algo por la sociedad, por estar pensando solamente en el cielo. El verdadero discípulo no se detiene a pensar si son muchos o pocos los que aceptan el Evangelio, él lo acepta y actúa en consecuencia cumpliendo los principios evangélicos que Jesús le ha enseñado. Y como ya hemos descrito anteriormente, no ha habido hombre alguno más interesado y comprometido con su próximo que Jesús.

Los hombres anhelamos vivir en paz y armonía, pero no lo logramos; volviendo los ojos hacia la historia de la humanidad pareciera ser que hacemos todo lo contrario para evitar que ese día llegue, más bien nuestros esfuerzos parecen encaminarse a establecer el egoísmo, la indiferencia y la indolencia como el modus operandi de la familia y la sociedad, de tal suerte que las consecuencias de ello se traducen en un terrible y constante aumento de la violencia fraterna, dado la exacerbación de un deshumanizante individualismo. Situación que no es compatible con aquellos que viven en la gracia y la paz de Dios.

Es en la profundidad del amor de Dios, derramado en el corazón del hombre, que éste puede llegar a responder con un clamor que mana desde el alma: “Oh Señor, Hazme un instrumento de tu paz”, es tal el desbordamiento generoso del Señor en el corazón del convertido que pertenecerle a él, se vuelve una necesidad vital.

Penetrar en la paz de Dios, es penetrar en el seno de su esencia, de su ser, que no debemos confundir con pasividad, con una calma no participativa, por el contrario, el acceder a esa paz que Él nos ofrece, ingresamos a su actividad permanente de conocer y amar, pues en Dios todo es dinámico, activo, por tal razón, no debemos esperar que al morir descansemos en paz. Descansamos tal vez de las vicisitudes del mundo, para entrar en una dinámica de amor creativo permanente, constante, inconmensurable e inmutable. “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada” (Jn 14,23)

Cuando el alma llega a desear volverse instrumento de la paz de Dios, es que ha entendido que solo en él puede existir plenamente, y, que sin él, todo intento de plenitud y armonía será infructuoso, como ya dijimos, es un movimiento generoso del corazón del hombre hacia Dios, en una oblativa respuesta del desbordamiento de gracia que el Señor tiene para con el hombre.

Roguemos al Señor para que nuestra búsqueda sea sincera y sin dobleces, y que desde lo profundo de nuestro corazón podamos exclamar: “Oh Signore, fa di me uno strumento della tua pace”.


Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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