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CONSECUENCIAS DE MIS ACTOS


  

  Por: Hna. Elvia Marina Morales Flores

En el mundo actual es común ver como los Padres de familia, cuando un hijo comete una falta, generalmente lo amenazan con el castigo… pero muy pocos se los cumplen.

Podemos pensar que esto poco importa para la vida sobrenatural, pero si en la familia aprendimos que no habrá castigo a las malas acciones, entonces las seguiremos practicando.

Pues si un ladrón roba, y no recibe castigo, sería lógico pensar que volverá a robar…¡y esto es lo que realmente sucede!

O si un corrupto no es sancionado por sus actos de corrupción, muy probablemente seguirá siéndolo.

Con esto no pretendo decir que por el solo hecho de que alguien reciba una sanción por un delito cometido se convertirá en santo; pero lo que si digo es que si sabrá que su elección tendrá consecuencias, pues sabrá que al delinquir merecerá castigo, y al actuar con justicia, merecerá premio… aunque esto no se practique siempre en la sociedad.

Pero, además de que en la sociedad muchas veces se practican los valores contrarios al Evangelio, ahora al reflexionarlo, sabemos que estos valores, o estos puntos de referencia, o se aprenden en el hogar, o difícilmente se aprenderán en otro lugar…

Pero, a pesar de la formación o de la falta de ella en el hogar, la conciencia le hace distinguir a cada uno el bien y el mal, por eso, aun el mundo sabe y reconoce, que, quien realiza una obra buena merece premio y quien hace una obra mala, merece castigo…

Esto que es obvio para el mundo, que va de acuerdo con la lógica y la razón ¿Podrá ser distinto para Dios?

¿Será que Dios puede actuar ilógicamente y premie tanto al justo como al injusto?
¿Será que Dios hará participar de la misma suerte al fiel y al infiel?

En los últimos tiempos, en algunos ámbitos de la Iglesia, este ha sido un argumento muy socorrido: -Dios es amor, y no puede castigar-

Y puesto que el premio para los justos es estar en la presencia de Dios ¿Será que un Dios infinitamente bueno llegue a admitir junto a El al perverso, junto con su maldad:

“Pues no eres tú un Dios que se complace en la impiedad, no es huésped tuyo el malo. No, los arrogantes no resisten delante de tus ojos. Detestas a todos los agentes de mal, pierdes a los mentirosos; al hombre sanguinario y fraudulento le abomina Yahveh” (Sal 5, 5-7).

“Seis cosas hay que aborrece Yahveh, y siete son abominación para su alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, corazón que fragua planes perversos, pies que ligeros corren hacia el mal, testigo falso que profiere calumnias, y el que siembra pleitos entre los hermanos” (Prov. 6, 16-19).

“Yahveh explora al justo y al impío; su alma odia a quien ama la violencia” (Sal 11,5).

Por supuesto que Dios no admite al malvado en su presencia, porque Dios es remunerador “Ahora bien, sin fe es imposible agradarle, pues el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan” (Hebr 11,6).

Y aunque algunas traducciones de la Escritura hable de que Dios recompensa a los que le buscan ¿Acaso será indiferente a aquellos que no lo buscan?

Habiéndolos creado, habiéndolos redimido, habiéndolos llamado a la conversón, a la Santidad, a su Reino ¿Podrá ser indiferente para El que lo rechacen?

Lo más lógico es pensar que si es capaz de sentir gozo por los que se salvan, pueda también dolerse por los que no se salvan.

“Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. … Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» (Lc 15, 7-10).

…Lo cierto es que no somos indiferentes para Dios, pues El no es un ser que habiéndonos creado se quedó lejos de nosotros, al contrario: mira de cerca nuestros pasos, conoce el número. “En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” (Mt 10,30).

El nos llama cada día a su amistad, a que vivamos como hijos suyos para que podamos después gozar de su Reino en la eternidad.

Pero no nos obliga, nos da a elegir.

Pero de esa elección, cualquiera que sea, habrá consecuencias: “Mira: Yo pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. Bendición si escucháis los mandamientos de Yahveh vuestro Dios que yo os prescribo hoy, maldición si desoís los mandamientos de Yahveh vuestro Dios, si os apartáis del camino que yo os prescribo hoy, para seguir a otros dioses que no conocéis” (Deut 11,26-28).

“Él fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos, para permanecer fiel a su beneplácito. El te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano. Ante los hombres la vida está y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará” (Eclo 15,14-17).

“Buscad el bien, no el mal, para que viváis, y que así sea con vosotros Yahveh Sebaot, tal como decís. Aborreced el mal, amad el bien, implantad el juicio en la Puerta; quizá Yahveh Sebaot tenga piedad del Resto de José” (Am 5, 14-15).

Alguien podría pensar… es mejor no elegir…-yo no hare ninguna elección-, pero aún esa misma actitud es ya una elección: la indiferencia, y, especialmente esta clase de personas, le causan repulsión al Señor:

“Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 15-16).

Esto lo han entendido bien los Santos, por eso vivieron constantemente vigilantes de sus acciones, pues sabían que con cada acción, con cada pensamiento, con cada deseo, estaban, al igual que ahora nosotros: ganando el cielo, o mereciendo el infierno.

Por lo tanto, aunque en el mundo veamos que tantos actúan sin sufrir las consecuencias de sus actos, aunque haya impunidad para el culpable…eso no será así con Dios.

Si vivimos conscientes de nuestro destino eterno:

Para la vida… si permanecemos fieles a Dios.

O para la muerte… si lo rechazamos, si le somos infieles.

Siendo conscientes de esto, difícilmente pecaríamos, aunque fuera solo por temor al infierno y no por amor a Dios.

Por eso, pidamos al Espíritu Santo que nos haga sensibles a su acción, para aprender y practicar constantemente el amar el bien y rechazar el mal, pues en esto consiste la Voluntad de Dios sobre nosotros.

Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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