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Olivar

¿Quién repara en el amanecer difícil,
Previo al calvario de muerte que te llama?
Obediente al extremo, lleno de amor profundo,
Clamando al papito de ternura pleno.

¿Quién se detiene al verte ensangrentado,
Obediente, sufriente cual cordero,
En ese amanecer del día aciago en
que ofrendado en el altar salvas al mundo?

No es el mundo el que importa sino el Padre,
aquel que es el creador de toda vida,
que para perfección nos puso en marcha,
y nuestra marcha solo ha sido en ofensiva.

¡Qué rebelde y que necio ha sido el hombre!
Empeñado en vivir lejos y solo,
sin caer en la cuenta de sus días
que con término y plazo están trazados.

¿Quién repara en tu rostro en sufrimiento?
¿Quién tu dolor asume en valentía?
si ser justo mitiga tus pesares
¡Hazme justo Señor en este día!

Las heridas que llevas en tu carne
Son sangrantes vivas y dolorosas
Pero aquellas que llevas en tu alma,
Vil producto de mi vida vergonzosa,

Son dolor lacerante para el Padre.
¿Quién repara en tu silencio tan profundo,
que no gime ni se queja de su suerte?

Solo el que ama como tú has amado
puede callar en presencia de la muerte.
¡Qué dolor me produce contemplarte!
¡Cuánta sangre vertida por mi culpa!

No merezco piedad ni otro consuelo
Por haberte llevado al sufrimiento.
¿Quién penetra en el huerto silencioso?
¡Solo tú con la suerte que te espera!

Sangre a gotas exudas por los poros,
Misterioso dolor que te supera.
¡Qué dolor me produce tu obediencia!
¡Qué pesado es tu silencio hiriente!

Solo el misterio en soledad nocturna,
Sabe del peso de espantosa pena.
Y hay quienes todavía proclaman
¡Que la inocente sangre caiga en nosotros!

En verdad que no saben lo que dicen,
Pues es gran culpa atentar contra los justos.
¿Quién más justo que tú creador del mundo,
Que le dio libertad al que era nada?

¡Mira lo que hemos hecho con lo tuyo!
¡Merecemos morir sin esperanza!
Ya amanece en el viernes doloroso,

El alba nos presenta al condenado,
Silencioso, dolorido, fatigado
Sangre manante que inunda santo rostro.

Ya camina el cortejo hacia el calvario
Multitud embravecida e iracunda
¡Padre, perdónales!¡No saben lo que hacen!
¡En tus manos me entrego! ¡ Yo te adoro!

Francesco Bojaxhiu                                                     
Dame Señor, un corazón humilde para aceptar tu voluntad en mi.

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